Las medidas del deseo

Tamia Vercoutère Quinche

Soñó que había envejecido prematuramente. Le sorprendió su sorpresa de que su “yo” viejo era terriblemente parecido a un pariente insufrible. Hasta ahí pudo recordar y razonar. 

Laura hubiera querido que su sueño adoptara alguna forma antigua que le obligara a descentrar el pensamiento y le permitiera arriesgar alguna divagación sobre, por ejemplo, lo inconsciente colectivo. Hubiera podido pensar cosas como: “los arquetipos en los mishus y los indios son comunes a ambos” o como “el instinto no tiene color, lo inconsciente colectivo no tiene color”. También hubiera preferido atisbar en su sueño algún indicio de alguno de los símbolos a partir de los cuales los mayores decían adivinar el futuro. Soñar agua clara, por ejemplo, y dejarse tentar por la alegre interpretación de mejores días venideros. 

Pero su sueño era simple y terminantemente evidente: era ella misma, con la larga trenza blanca traída hacia delante alrededor del cuello, los hombros caídos y las arrugas doblándole la piel. De ese sueño le nació el desasosiego y allí, acostada en su cama, dejó que el miedo habitara su cuerpo para entenderlo y amansarlo.

El miedo de envejecer. 

Era un miedo que no correspondía con su aparente facilidad para decir su edad o con la soltura con la que afirmaba que no se pintaría el pelo para tapar las canas o el desenfado con el que reía o se indignaba cuando se conversaba sobre los productos de “belleza” que la industria médica había desarrollado a falta de pócima para la eterna juventud.

Quería tomar distancia de ese sentimiento, mirarlo como miraba cualquier objeto – abstracto o no- que era digno de análisis. Quería dialogar con ese miedo y entender sus razones y desnudarlo. Quería de-cons-tru-ir-lo. Pero el miedo no se estaba quieto, se le escondía debajo de la piel, tomaba su forma más montuna, más escurridiza. Entendió, sin embargo, intuitivamente, quizás, que ese miedo era de la misma camada que esa extrema consciencia de sí misma cuando ponía un pie en la calle: temía, independientemente de si andaba en jeans o en anaco, no sentir que era deseable.

“Se busca señorita indígena de buena presencia” había leído recientemente en un letrero de un local de zapatos. Otro día había leído en otro local (de la misma ciudad) “se busca señorita de buena presencia”. Y Laura se había interrogado qué carajos era eso de la “buena presencia”. Imaginaba que la buena presencia de las señoritas sería medida según criterios diferentes según que fuera indígena o mestiza. Pero lo que era común era que, en ambos casos, había quienes observaban y quienes eran observadas. En los casos en los que empleador/a y potencial empleada eran ambos indígenas, ¿cuál era el móvil para esa coincidenciabuscada? ¿era la  esperanza de una alianza interclasista en un escenario de relaciones interétnicas conflictivas? ¿era la voluntad de que esa idea de alianza funcionara como anzuelo para la clientela? Mismas interrogantes en caso de que empleador y empleado fueran mestizos…

Laura pensaba: el observador, las observadas. Indígena o mestiza, ambas exhibidas y examinadas, ambas compitiendo contra sus similares de clase y de raza, por un empleo, bajo las normas sociales del deseo. “Colorismo” era el término que había encontrado en sus lecturas para describir la influencia determinante del color de la piel en la retención de una candidatura o la atribución de un contrato. El mismo término iluminaba la comprensión del deseo. Si alguna vez se vio tentada a creer que el deseo sexual era una pulsión eminentemente primitiva (la masculina, ¡sobre todo!) entendía ahora que no había construcción más elaborada que el deseo. 

Tener una “buena presencia” era otra manera de decir “ser deseable”. Laura no podía dejar de pensar en los videos musicales populares que ponían en escena a mujeres indígenas. Ellas aparecían rodeadas de paisajes bucólicos y exhibían miradas lánguidas y sonrisas veladas. Palabras como “urpiku” o “sisaku” le venían a la cabeza. En filigrana, aparecía la idea de una mujer pura, virginal, callada y hermosa, correcta y decente. En síntesis, aparecía una niña. Alguna vez Laura había buscado obcecadamente en los videos musicales representaciones de mujeres indígenas atormentadas, obsesionadas, francamente enojadas, violentas, voluptuosas, peligrosas, terriblemente sensuales. Seguramente se le escapaban, las pocas que habían. Pero ¿quién dictaba los contornos de lo que debíaser una mujer indígena? ¿Quién si no una cultura que, no obstante, afrontaba cotidianamente otra opresión, la de la raza? Laura había crecido con la absurda idea de que nada en ella despertaba el deseo hasta que un intelectual blanco de la capital le dijo, con unas copas encima, que no había nada que le generara mayor frenesí (no fueron esas sino otras palabras, las del intelectual) que levantar un anaco. El atrevimiento le divirtió, le tambalearon las certitudes y luego le empachó la autocelebración en la que incurrió el susodicho por la osadía.

¿Cómo hace una mujer indígena para componer un recato yuna angelical postura mientras viste el anaco y, luego, trasmutarse en aquello que la industria cultural decreta como deseable? En las fronteras dibujadas por la raza, ¿cómo transita el cuerpo y la autopercepción de la mujer indígena, cómo se desdibuja y se reconfigura su sensualidad y su apetito?

Créditos imagen: Joshi Espinoza, Ayllurec (Instagram)

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