Octubre 2019, octubre plural

“Hacemos más de lo que ustedes dan” dijo Leonidas Iza a la comisión ocasional de la Asamblea Nacional creada para investigar el paro de octubre de 2019. Iza se refería a los esfuerzos de la CONAIE para “garantizar el Estado plurinacional”, en sus propias palabras. Difícilmente podríamos cuantificar las acciones del Estado en el sentido de concretar la promesa constitucional de la plurinacionalidad o los aciertos de la cúpula de la CONAIE o de su brazo político, Pachakutik, en el mismo sentido. Sin embargo, interesa contrastar dos movimientos inversos en cuanto a la concreción del Estado plurinacional: aquel, tropezado, inacabado, desde arriba y aquel, real, promisorio, desde abajo. Es este contraste que procuraremos analizar a continuación.

En el cambio de siglo, el Estado ha sabido procesar las demandas de reconocimiento de la diversidad cultural a través de un reconocimiento formal que se plasmó primero en la Constitución de 1998 y, luego, en la del 2008. A finales de la década de 1990, en pleno apogeo de la política neoliberal global y a tono con las recomendaciones de las instituciones financieras internacionales, la Constitución de 1998 reconoce el carácter pluricultural y multiétnico del Estado ecuatoriano. El poder político pacifica el descontento social mediante una promesa formal de remezón de las estructuras. Estado gatopardo, que todo cambia para que nada cambie. En Montecristi, la memoria colectiva aún cargada del ímpetu de la protesta social que defenestró presidentes, da paso al reconocimiento del Estado plurinacional e intercultural, “vigente” hoy en día. Se reconocen los derechos de la naturaleza, se adopta al Sumak Kawsay como horizonte utópico del Estado, se abre paso al ejercicio de una justicia pluralista, se establece la posibilidad de que se establezcan circunscripciones territoriales indígenas. Se consolidan los derechos colectivos que ya habían hecho su aparición en la Constitución anterior.

Es evidente que no se desmonta, aunque sea un poco, al Estado-nación importado por las independencias latinoamericanas decimonónicas en 5, 10, 15 años. Sin embargo, ¿qué señales, en el Gobierno pasado y en el actual, indican por lo menos una clara voluntad de concretar el Estado plurinacional? El Sumak Kawsay, convertido en slogan en el Gobierno pasado, ha desaparecido del discurso del presente Gobierno. Pese a intentos iniciales de “dejar el petróleo bajo tierra” y de importantes esfuerzos para diversificar la matriz productiva del Ecuador, se ha mantenido un modelo desarrollista basado en el extractivismo. En el Gobierno actual se inaugura la explotación y exportación de oro. La justicia indígena opera, sí, donde el Estado está ausente. Y también opera en desmedro de algunos: las mujeres indígenas no son sujetos de verdadera justicia ni en el sistema ordinario, ni en el sistema consuetudinario. Ni mencionemos siquiera el destino de las circunscripciones territoriales indígenas. Peor, la adopción de una consulta previa vinculante frente a proyectos de explotación de los recursos naturales.

En cualquier caso, en octubre pasado, el Gobierno mostró que de ninguna manera el Estado es plurinacional. En primer lugar, porque quiso colocar la idea según la cual el levantamiento de octubre era “cosa de indios”. Algunas dirigencias de la CONAIE apelaron al “nada solo para los indios” propio del proyecto político de 1994, en el cual se hablaba ya del Estado plurinacional. Por el contrario, la comunicación oficial, reproducida y amplificada por los medios de comunicación privados construyó un relato de la protesta que abría un surco infranqueable entre “los indios” y los demás. Así es como se revisitó, de manera más o menos sutil, la idea del indio bárbaro, criminal, en suma, bajado del páramo. Con ello, se buscaba polarizar a la sociedad, que la ciudadanía quisiera distanciarse de esa imagen del retraso, de inhumanidad y, por ahí mismo, justificar la represión brutal a la que fueron sometidos los manifestantes.

Pero es que, en las calles de Quito, en los días más álgidos de octubre, no estaba solo “gente del páramo”. Y cuando la ciudadanía se apropia de eso que el exalcalde de Guayaquil negó posteriormente que fuera un insulto racista[1],  es visible que en la calle confluyen diversos sectores populares. Estuvieron, por supuesto, los indígenas y campesinos de las organizaciones de base de la CONAIE. Pero también estuvieron grandes segmentos populares urbanos como aquellos venidos del sur de la capital. Los cacerolazos que acompañaron la protesta callejera fueron obra de clase media urbana y clase popular. Los médicos que hicieron el cerco protector de las universidades donde se refugiaban los manifestantes no eran “del páramo”, en el sentido en el que lo usó Nebot. Pero lo eran. Eran del páramo. El páramo dejó de ser insulto racista, dejó de ser lugar geográfico sinónimo de atraso, y pasó a ser consciencia compartida, pasó a ser demanda de revocatoria del Decreto 883, pasó a ser descontento y hartazgo frente al desgobierno. La calle, en octubre 2019, fue plural.

Con ello no quiero decir que el consenso y la unidad predominaron en esas jornadas. La tentación de imprimir una visión teleológica de los procesos sociales que atribuye características o propósitos inexistentes después de su ocurrencia es bastante grande. Al contrario, es necesario reconocer que el conflicto, la desconfianza, la franca división entre actores colectivos e individuos fue parte de octubre. En parte debido al racismo divisor, en parte debido a los esencialismos, en parte por el temor a la infiltración desestabilizadora que se sospechaba de un Estado represor, el conflicto estuvo presente. La existencia de todo esto no excluye, sin embargo, lo que la confluencia de esa diversidad de actores promete.

Así mismo, la marcha de las mujeres del 12 de octubre 2019 mostró un acercamiento plural[2]. Frente al monumento de Isabel la Católica, mujeres indígenas y mujeres mestizas, mujeres con pañuelos verdes, desarrollaron un acto simbólico. La estatua fue cubierta de pintura roja, símbolo de la violencia que acompañó y posibilitó la conquista, y dos mujeres con el rostro cubierto sostuvieron un retrato de mama Dolores. Sobre el monumento aparecía una pancarta en la que se leía “Resistencia” pues ese día se inauguraba un nuevo significado para el 12 de octubre como “Día de la Resistencia”. En años recientes se ha hecho evidente una relación problemática (o percibida como tal o construida como tal por ciertos actores) entre feminismo y pueblos indígenas. Sin embargo, la marcha de las mujeres del 12 de octubre no sólo tiene un contenido simbólico importante al resignificar al 12 de octubre como día de la resistencia. Es simbólicamente importante porque mujeres mestizas, mujeres indígenas y mujeres de organizaciones feministas urbanas, caminaron juntas e hicieron frente común.

En la calle, entonces, ya sea a través de un descontento y una voluntad que federaron a amplios sectores populares, ya sea haciendo frente común para exigir la revocatoria del Decreto 883 o denunciar la violencia estructural fundante de la colonia y, luego, del Estado, la protesta fue plurinacional.


[1] Ver entrevista de Carlos Vera a Jaime Nebot, el 9 de octubre de 2019: http://www.ecuadorenvivo.com/politica/24-politica/106796-exalcalde-nebot-aclara-al-presidente-de-la-conaie-sobre-declaraciones-dadas.html

[2] Para revisar el detalle de este argumento revisar el artículo “Por un feminismo de respeto, de wakcha a wanku”, de autoría de Tamia Vercoutère Quinche en la revista Millcayac, disponible en: http://revistas.uncu.edu.ar/ojs/index.php/millca-digital/article/view/2603

La foto que ilustra a este artículo fue tomada de : https://ww2.elmercurio.com.ec/2019/10/12/marcha-femenina-exige-poner-fin-a-la-represion-y-que-salga-el-fmi-de-ecuador/

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