Ortigas y rosas

Kiwar Maigua [1]

Si alguna vez alguien dijo que “la historia es la identidad de un pueblo y promueve su unidad”, estaba equivocado. Cada quién reconoce los hechos de acuerdo a sus intereses ideológicos y el consenso se mira tan lejano como el techo lo está de un niño que intenta toparlo de un brinco. La fecha que nos interesa en este artículo es la que conmemora la llegada de Cristóbal Colón a América, y, por lo tanto, el proceso que se desarrolló posteriormente. Este primer encuentro en 1492 fue trascendental para nuestra historia y no faltan los que aborrecen tal suceso y los que lo engrandecen con ingenuidad. La revisión histórica de la conquista con grandes sesgos nos lleva a la división social y la invisibilización de los hechos diversos alrededor de este periodo.

El 12 de octubre en Quito hubo una concentración de varias personas en el centro norte de Quito a las 11:00 a.m., entre ellos el dirigente indígena Leónidas Iza y varios otros cercanos a su círculo político y su línea ideológica (El comercio 2020). Esta vez su objetivo: derrumbar la estatua de Isabela I de Castilla, la reina católica. Con ortigasos y pintura roja se condenaba a la estatua de Isabela y con sogas alrededor de su cuello intentaban descolonizar el continente de un zarpazo, pero fueron frustrados en el acto. No hubo otra salida que lidiar con la policía y después echarse a la fuga, lógicamente la mejor opción si estás atentando contra el bien público.

Antes de esto, alrededor de las 10:00 a.m. estaba un grupo de personas con ramos de rosas que adornaron, cual velorio, los pies de la estatua (El Comercio 2020). Al contrario de los anteriores, estos celebran el proceso de conquista de América y reconocen sus raíces hispánicas. Seguramente lamentaron el intento de derrumbar la estatua con indignación. Estos condenan a los primeros de propagar el odio y la división, y los primeros seguramente les condenan a estos de lo mismo.

Dos actos que recuerdan las visiones extremas y sesgadas acerca de la colonización de nuestros pueblos: El primer grupo con sus ortigas representan la leyenda negra y el segundo grupo con sus rosas la leyenda rosa. En palabras de Eduardo Galeano: “Ambas representaciones de la conquista de América revelan una sospechosa veneración por el pasado, fulgurante cadáver cuyos resplandores nos encandilan y nos enceguecen ante el tiempo presente de las tierras nuestras” (2017, 193). La leyenda negra, aquella que tiene las reminiscencias de un paraíso perdido y un pueblo inocente que, citando nuevamente a Galeano “nada tiene que ver con los seres de carne y hueso que pueblan nuestras tierras” (2017, 193). La leyenda rosa, por otro lado, mira al proceso de colonización como acto dirigido por la divina providencia, con intención de traer la civilización a un pueblo “salvaje y sin alma”.

Ambas posturas nos adentran en una burbuja que divide a un pueblo que no puede ponerse de acuerdo, ni en su pasado ni en su futuro. La realidad no es de color blanco y negro, la historia de la humanidad está marcada por constantes procesos de colonización, de expansión y de cambio.

No fuimos el único pueblo conquistado y los españoles no fueron los únicos colonizadores. Posterior al 1400 a.C. el Imperio Inca se expandía por medio de la fuerza y la estrategia a través de los Andes, desde el centro de Chile y Argentina hasta el Sur de Colombia (DeMarrais 2013). La represión y el reasentamiento de las familias de grupos rebeldes dentro del territorio controlado; la detención de un rehén de cada pueblo conquistado para asegurar su lealtad; y la toma de símbolos religiosos de estos pueblos (una forma de blasfemia y arbitrariedad) para mantenerlos retenidos en Cuzco, la capital del Tahuantinsuyo, eran algunas estrategias imperiales incas para perpetuar su autoridad (DeMarrais 2013).

En este sentido, si reprochan el imperialismo, deben reprochar todo imperialismo.

La obra del Fray Bartolomé De Las Casas “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” de 1552 también contribuyó a la exageración del número de muertos que dejó los primeros años de conquista, según sus cálculos pretensiosos para llamar la atención de las autoridades reales: alrededor de veinte millones. Lo cual, si nos atenemos a la lógica, es imposible por la escasa cantidad de colonos y los límites de la tecnología militar de aquel momento (Navascués 2019). Sin duda hubo asesinatos, pero para esto también contribuyó la propagación de enfermedades traídas desde España, para las cuales los pueblos americanos no tenían defensas (Navascués 2019). Sin embargo, algunas personas como el mismo Iza toman este número exagerado para afirmar tal hecho como “el mayor genocidio de la historia”, una peligrosa afirmación en vista de lo difícil que es conseguir datos exactos de la época.

El otro extremo del espectro, el que concierne a la leyenda rosa, invisibiliza cualquier legado que no venga del Reino de España y deslegitima cualquier inclinación a la identidad y valores de los pueblos andinos. Si bien Isabela Católica promovió el buen trato a los indios de América, no se puede negar las atrocidades que dejó el proceso de conquista, entre ellas una forma de explotación sistemática: la mita. Javier de Navascués menciona que la mita fue:

“un sistema de trabajo del viejo imperio que se destinaba a la construcción de centros administrativos, templos, acueductos, casas o puentes. En la práctica era un sistema de esclavitud mal encubierta: los mitayos, a saber, los hombres designados para la mita, eran obligados a trabajar durante unos meses en condiciones inhumanas…Durante dos siglos la mita hizo estragos entre la población indígena. Muchos indios preferían emigrar de los territorios dominados por los españoles y se dieron casos de suicidios colectivos” (2019).

Muchos hispanistas cometen el error de ensalzar la labor de la iglesia. A pesar de que el clero tuvo un papel importante controlando las acciones de los colonos, no faltaron las denuncias hacia algunos eclesiásticos que hacían negocio a costa de sus misiones (Navascués 2019). Esta visión, al igual que la otra, no toma en cuenta los matices del panorama, al borde de las peligrosas generalizaciones. Tanto hay por decir y por reconsiderar en relación con nuestra historia, para no invisibilizar los hechos y las voces del otro. Por un lado están las ortigas y por el otro las rosas, ambas son tan seductoras y ambas nos dividen. Ni leyendas negras, ni leyendas rosas: al final lo que conseguimos es la invisibilización de hechos importantes, de los procesos que el ser humano tiene y las voces diversas. Además, uno de los huecos más peligrosos en el que no debemos caer y en el que, de hecho, estamos cayendo y quedando estancados, es el de seguir viviendo del pasado y culpándole de todas las maldiciones de nuestra nación. Finalmente, aquel que no mira al frente se va a tropezar en el camino, y eso es exactamente lo que nos está sucediendo. Si reconocemos el pasado con toda la disposición de aprender de los hechos y buscamos lograr una postura ecuánime, posiblemente encontremos el diálogo intercultural.

Referencias: 

DeMarrais, Elizabeth. 2013. “Colonización Interna, Cultura Material Y Poder En El Imperio Inca”. Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología 38, no. 2 (julio-diciembre, 2013): 351-376. 

Galeano, Eduardo. 2017. “Ni Leyenda Negra Ni Leyenda Rosa”. Temas de Nuestra América. Revista de Estudios Latinoamericanos 8, no. 18 (agosto 29, 2017): 193-194. Accedido 20 de octubre de 2020. https://www.revistas.una.ac.cr/index.php/tdna/article/view/9704.

Navascués de Javier. 2019. “Las dos leyendas sobre la conquista de América: ¿imperiofilia o genocidio?”. Nuestro Tiempo Revista Cultural y de Cuestiones Actuales, no. 701 (enero-marzo, 2019). Accedido 20 de octubre de 2020. https://nuestrotiempo.unav.edu/es/grandes-temas/las-dos-leyendas-sobre-conquista-america-imperiofilia-genocidio

Unidad de Noticias. 2020. “Manifestantes trataron de derribar la estatua de Isabel La Católica en Quito”. El Comercio, 12 de octubre de 2020. https://www.elcomercio.com/actualidad/manifestantes-monumento-isabel-catolica-quito.html

[1] Kiwar Maigua. Nacido en Cotacachi, estudiante de Relaciones Internacionales. Soy un kichwa que no le teme a occidente, que reprocha la romantización de los pueblos y que disfruta de la interculturalidad.

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