En el bus

Tamia Vercoutère Quinche

El bus había salido de la ciudad y se detenía de vez en cuando a recoger a quien no tenía más remedio que salir bajo ese sol y esos vientos de agosto. En el sopor y la lentitud del medio día es que había sucedido aquello.

Minutos después de que el último pasajero se subiera al bus, el controlador pasó a cobrar los pasajes y todo parecía normal: las caras sudorosas, las miradas soñolientas, el cling-cling de las monedas en las carteras.  En la segunda fila de asientos, una mujer pidió al controlador, con un poco más de urgencia de lo normal, que abriera la ventana. La mujer miraba fijamente a la panamericana y parecía absorta en algún pensamiento lejano. Sentado al lado de ella, un joven fingía dormir, con la cabeza apoyada en el espaldar y los brazos cruzados delante del pecho. El cuadro se repetía de manera casi idéntica en todas las filas: todos parecían ocupar su atención en una pantalla o estudiar escrupulosamente los detalles de algún objeto banal que estuviera fuera del bus. Sin embargo, los pasajeros estaban inquietos; había los que estaban confusos, que no atinaban entre la vergüenza propia o ajena, pero los había también que, habiendo tomado partido, no encontraban las palabras para expresar su indignación.

La confusión era normal, la vergüenza era normal, la indignación era normal. Como lo eran la indiferencia forzada, el miedo y el silencio. Pero toda normalidad tiene una brecha por donde se cuela el hartazgo, entre la ira y la esperanza.

Una mujer se había levantado detrás del último pasajero que había subido al bus. Salió al pasillo del bus y dio la espalda al controlador, que estaba a escasos pasos de ella. El anaco negro y las alas de su fachalina del mismo color bloqueaban el paso. Anaco-muralla, anaco-flecha, anaco-puño. Era más pequeña que el hombre al que desafiaba pero el controlador vio cómo era él quien bajaba la mirada. Las palabras del hombre y las palabras que salieron de la boca de la mujer serían recordadas por cada uno de los pasajeros y reproducidas decenas de veces como quien repite el anuncio de una desgracia o una profecía o una demasiado clara verdad.

La niña que acompañaba a su hermano mayor en la fila de adelante, la más cercana al conductor, que era lo suficientemente joven como para ponerse de pie sobre el asiento y mirar desvergonzadamente la escena, que no comprendía (¿no comprendía?) la gravedad de la situación, luego le relataría a su mamá lo sucedido en más o menos las siguientes palabras: se subió un bermejo al bus, mamá, y dijo que “olía a indio”. Y en el bus como que la gente quiso reírse pero no pudo o como que quiso hablar y no pudo, como cuando el tío Lucho cuenta esos chistes los domingos. Y una señora indígena se levantó y le dijo que él era la mayor vergüenza de ese bus y de ese país, le dijo algo así como que ella no iba a ser cómplice (¿qué significa esa palabra, mamá?), eso, cómplice, de su ignorancia y sus complejos. Le dijo al señor que en ese bus todos éramos indios, incluido él; que su ternito y su maletín de dorctorcito (así dijo, mamá) no le quitaban lo indio, que se mirara bien la cara en el espejo, que si tenía el pelo liso y negro era por indio y que si no tenía barba era por indio. Pena debería darte, le dijo, por odiarte a ti mismo.

La mamá de la niña se habría reído con las preguntas de su hija pero habría recordado, con rabia y nostalgia – llaki, como decía su mamá -, que su propia abuela tenía que bajarse de la vereda para dejar pasar a los mishus que caminaban en dirección contraria, en la villa. También recordaría que a su propia madre le mezquinaban los asientos, le aventaban los quipes y le empujaban cuando subía al bus. Y recordaría que para evitar todo ese maltrato su mamita le había quitado el anaco a sus hijas y había cortado el pelo a sus hijos y les había enseñado a todos a olvidar el kichwa.

En el terminal, el hombre humillado había sido el primero en bajar. La señora de la ventana había permanecido en su asiento, esta vez, sí, reflexionando y ya no presa de la confusión que habían provocado las palabras de aquel hombre. Envidiaba, de alguna manera, a la mujer del anaco. Suponía que, a diferencia de ella, no tenía que lidiar con ese divorcio interno propio del mishu, con esa pena de saberse india y dolerle la ofensa y a la vez pensar que era mejor no reclamar por la ofensa porque haciéndolo estaría reconociendo esa parte de ella que prefería ignorar.

* gracias a mis sobrinos, Samuel y Sara, por ilustrar el texto con su dibujo.

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